Parte 2:
Sentí que las piernas me fallaban, pero no solté la mano de mamá. Patricia seguía sosteniendo el teléfono, esperando que el hombre del otro lado le dijera qué hacer. —¿Cómo que ya no tiene casa? —pregunté, tratando de controlar la voz. Mi hermana bajó la mirada y murmuró que ya había firmado un contrato para venderla.
Mamá se llevó una mano al pecho. —Pero esa casa es mía, Patricia. Yo nunca te dije que la vendieras. Mi hermana comenzó a llorar y respondió que no había tenido otra opción. Entonces le pregunté cuánto dinero había recibido y por qué unos desconocidos tenían las llaves de una propiedad que todavía pertenecía a nuestra madre.
Antes de contestar, tocaron nuevamente el portón. Doña Lupita se quedó junto a mamá mientras yo fui a recibir a los dos hombres. El que llevaba la carpeta se presentó como representante de una inmobiliaria de Puebla. Explicó que habían acudido para revisar la entrega del inmueble porque existía una operación de compraventa en trámite.
—Aquí no se va a entregar ninguna casa —respondí—. La propietaria está presente y dice que no autorizó la venta. El hombre me miró sorprendido y pidió hablar con doña Mercedes. Patricia apareció detrás de mí y comenzó a decir que nuestra madre estaba confundida. Le advertí que dejara de hablar por ella.
Mamá caminó lentamente hasta el portón, apoyándose en mi brazo. Le preguntaron si reconocía su firma en unos documentos que el representante sacó de la carpeta. Ella se acomodó los lentes y observó las hojas durante varios segundos. —Esa firma se parece a la mía, pero yo creí que estaba autorizando la compra de mis medicamentos.
El hombre dejó de pasar las páginas. Preguntó si alguien le había explicado que aquellos documentos estaban relacionados con la venta de su vivienda. Mamá negó con la cabeza y señaló a Patricia. —Mi hija me dijo que eran trámites para que no me faltara nada mientras estuviera enferma.
Patricia comenzó a temblar. El representante explicó que no podía resolver aquella controversia en el portón y que informaría a su oficina para detener cualquier entrega mientras se aclaraba la situación. Le pedí una copia de los documentos disponibles y sus datos de contacto. Después cerré el portón y regresé a la cocina.
—Ahora vas a contarme toda la verdad —le dije a Patricia. Mi hermana se sentó y comenzó a retorcer un pañuelo entre sus manos. Confesó que había recibido un anticipo de ciento cincuenta mil pesos por la casa de mamá. Cuando le pregunté dónde estaba ese dinero, rompió a llorar.
—Lo usé para pagar unas deudas —respondió. Me explicó que su esposo llevaba meses sin trabajo y que habían solicitado préstamos para cubrir gastos de la casa. Los intereses comenzaron a acumularse y alguien le ofreció liquidar una parte de lo que debía si conseguía vender la propiedad. Según ella, pensaba buscar otro lugar para mamá después.
Mi madre la escuchaba con los ojos completamente abiertos. —¿Y dónde iba a vivir yo, hija? —preguntó. Patricia respondió que estaba considerando llevarla a una residencia donde podrían cuidarla mejor. Entonces comprendí por qué aquellos hombres habían preguntado si mamá todavía podía caminar sola.
—¿Ya habías buscado una residencia para ella? —pregunté. Patricia asintió sin levantar la cabeza. Dijo que había solicitado información sobre un establecimiento para adultos mayores, pero que todavía no había firmado ningún ingreso. Mamá comenzó a llorar y se aferró a la manga de mi blusa.
—Yo no quiero irme con desconocidos, Elena. Quiero dormir en mi cama y escuchar mi radio por las mañanas. La abracé mientras Patricia repetía que todo lo había hecho porque estaba desesperada. Pero mi madre dejó de mirarla, y aquel silencio me dolió más que cualquier discusión.
Llamé a Jorge y le pedí que viniera inmediatamente. Cuando llegó, mamá le contó lo ocurrido sin que yo tuviera que explicárselo. Mi hermano se arrodilló frente a ella y le preguntó qué quería hacer. —Quiero regresar a mi casa —respondió—. Pero primero necesito saber si todavía puedo entrar.
Jorge tomó las llaves que Patricia dejó sobre la mesa. Decidimos que mamá pasaría aquella noche conmigo y que al día siguiente buscaríamos asesoría legal. También le pedimos a mi hermana todos los documentos relacionados con la operación. Patricia entregó algunas copias, pero aseguró que los originales estaban en manos de un licenciado.
Mientras mamá descansaba en el sillón, Jorge comenzó a revisar los papeles. Encontró un recibo por el anticipo y una fecha para formalizar la venta. Después descubrió una cláusula que nos dejó preocupados. Patricia había firmado comprometiéndose a entregar la propiedad desocupada y a devolver una cantidad mayor si incumplía ciertas condiciones.
—¿Por eso querías sacar a mamá de aquí? —preguntó Jorge. Patricia se cubrió el rostro. —Me dijeron que si no entregaba la casa tendría que devolver el anticipo y pagar una penalización. Yo ya gasté casi todo el dinero.
Entonces sonó el teléfono de mamá dentro del bolso de Patricia. Los tres miramos hacia la mesa, porque nuestra madre llevaba semanas creyendo que lo había perdido. Patricia intentó silenciarlo, pero Jorge le pidió que lo dejara. En la pantalla apareció un mensaje de un número desconocido.
Decía que la entrega debía realizarse al día siguiente y que necesitaban confirmar que doña Mercedes no permanecería en el inmueble. Debajo había una fotografía reciente de la casita de nuestros padres. Mamá la reconoció y comenzó a llorar otra vez.
Pero lo que más me inquietó fue encontrar otro documento doblado dentro de la carpeta. Era una autorización con el nombre de mamá para realizar trámites sobre sus bienes. En la última página aparecía una firma adicional que reconocí inmediatamente. Era la de Jorge.
Levanté la mirada hacia mi hermano. Él se quedó inmóvil al ver el papel y dijo que nunca había autorizado la venta. Patricia comenzó a negar con la cabeza, suplicándonos que no siguiéramos revisando. Entonces Jorge señaló la fecha del documento y pronunció unas palabras que me helaron la sangre.
—Elena, ese día yo estaba trabajando fuera de Puebla. No pude haber firmado esto. Y si Patricia utilizó mi nombre para conseguir que aceptaran los papeles, necesitamos averiguar qué más presentó antes de que mañana intenten quedarse con la casa.
¿Qué pasó después… ? Parte 3:…
Parte 3:
Jorge puso el documento sobre la mesa y señaló la firma con un dedo. Patricia comenzó a llorar antes de que él pudiera preguntarle nada. —Yo la puse —confesó—. Me dijeron que necesitaban demostrar que ustedes estaban enterados de la venta.
Mi hermano cerró los ojos y respiró profundamente. —Falsificaste mi firma y engañaste a mamá para que firmara unos papeles que no entendía. Patricia intentó explicarse, pero Jorge la interrumpió. —¿En qué momento decidiste que podías vender la casa donde crecimos sin preguntarle a nadie?
Mamá escuchaba desde el sillón, envuelta en una cobija. Cuando Patricia se acercó, levantó suavemente una mano. —Ahorita no, hija. Llevo semanas escuchando que estoy confundida y necesito descansar de que me trates como si fuera una niña.
Aquella noche llevamos a mamá a mi casa. Durante el camino sostuvo su bolsa contra el pecho y miró por la ventana sin hablar. Cuando llegamos, me preguntó si Patricia tenía las llaves de mi puerta. Le aseguré que nadie entraría sin su permiso, pero aun así quiso dormir con la luz encendida.
A la mañana siguiente buscamos asesoría legal. Llevamos los recibos, las autorizaciones, los mensajes y las fotografías de doña Lupita. La abogada nos explicó que debíamos revisar inmediatamente la situación de la propiedad y denunciar las firmas que no reconocíamos. También aclaró que aquel contrato no significaba necesariamente que mamá hubiera perdido su casa.
Mi madre sacó de su bolsa una copia antigua de la escritura. La colocó cuidadosamente sobre el escritorio y señaló su nombre. —Mi esposo y yo trabajamos treinta años para pagar esa casa —dijo—. Yo no quiero venderla y nunca autoricé a Patricia para decidir por mí.
Ese mismo día presentamos las reclamaciones correspondientes y notificamos a la inmobiliaria que mamá desconocía la operación. La entrega quedó suspendida mientras se revisaban los documentos. Patricia comenzó a llamarnos desesperadamente porque le exigían devolver los ciento cincuenta mil pesos del anticipo. Jorge le respondió que tendría que explicar lo ocurrido y asumir sus responsabilidades.
—¡Pero ustedes no saben lo que es cuidar a mamá todos los días! —gritó Patricia por teléfono. Le pregunté por qué nunca nos había pedido ayuda ni permitido visitarla. Se quedó callada durante varios segundos. Finalmente confesó que tenía miedo de que mamá nos contara lo de la venta y nosotros la detuviéramos.
Aquella respuesta me dolió más que sus gritos. Durante cuarenta y tres días, mamá había creído que sus otros hijos la habían abandonado. Yo recordé el caldo de pollo que había llevado y cómo Patricia me cerró el portón en la cara. Comprendí que mi hermana había preferido dejarla sufrir antes que reconocer lo que estaba haciendo.
Una tarde Patricia llegó para hablar con mamá. Se sentó frente a ella y admitió que había comenzado a buscar compradores poco después de llevársela a su casa. Dijo que las deudas la habían desesperado y que pensaba conseguirle un lugar donde estuviera atendida. Mamá escuchó sin interrumpirla.
—Yo creí que me llevabas contigo porque tenías miedo de que volviera a caerme —respondió finalmente. Patricia comenzó a llorar y le pidió perdón. Mi madre le acarició brevemente la mano, pero después la retiró. —Te quiero, hija, pero quererme no te daba derecho a quitarme mi casa ni a encerrarme.
Patricia le preguntó si podía perdonarla. Mamá respondió que todavía no sabía y que necesitaba tiempo para recuperar la confianza. También le pidió que entregara todos los documentos y colaborara para aclarar lo sucedido. Mi hermana bajó la cabeza y se marchó sin discutir.
Durante las semanas siguientes, Jorge y yo organizamos el regreso de mamá a su casa. Instalamos barras de apoyo en el baño y contratamos ayuda para las horas en que trabajábamos. La investigación sobre los documentos continuó, sin resolverse de inmediato. Mamá insistió en participar en cada decisión relacionada con sus cuentas y su vivienda.
El día que regresó, encontramos sus macetas secas y polvo sobre los muebles. Jorge abrió las ventanas mientras yo limpiaba la cocina. Mamá caminó hasta su silla junto a la ventana y pasó lentamente la mano por el respaldo. Después pidió que encendiéramos su radio viejo.
Sonó una canción que papá escuchaba los domingos. Mi madre cerró los ojos y comenzó a llorar, pero esta vez no parecía tener miedo. Se sentó junto a su caja de bordar y sostuvo una tela que había dejado sin terminar. Yo me arrodillé a su lado y le pregunté si estaba contenta de volver.
—Mucho, hija —respondió—. Pero lo que más me alegra no es recuperar mi casa. Es saber que todavía puedo decir lo que quiero y que alguien me va a escuchar. Después me pidió que abriera la puerta del patio porque quería sentir el aire de la tarde.
Nos sentamos juntas mientras el sol iluminaba las macetas. Mamá señaló una planta que comenzaba a sacar hojas nuevas y me pidió que le acercara la regadera. La ayudé a levantarse, pero ella quiso echarle el agua con sus propias manos. Cuando terminó, me miró sonriendo y dijo bajito: —Qué bonito es no tener que pedir permiso para vivir en mi propia casa.
